5 febrero, 2023

DIÓCESIS DE TUMACO

“Si tiendes tu mano al hermano, caminas como cristiano”.

La Fiesta de San Andrés, Apóstol, 382 años de Tumaco.

Una fe que mira al corazón.

Por la fe del corazón llegamos a la justificación. Eso escuchábamos  en la primera lectura. Estimo que esto es algo que nos inspira hoy san Andrés. El escuchó  con su corazón la llamada del Señor Jesus. Lo hizo en medio de los afanes de la vida, mientras  pescaba en el mar de Galilea. Este escuchar le hizo creer. Jesus para él era un desconocido, un transeúnte más que pasaba por la rivera del lago,  rumbo a Jerusalem. Pero él vio algo más, él vio que quien lo llamaba, teni algo extraordinario,  un valor especial. Inspiremonos en  San Andrés, para vivir esa experiencia de fe profunda. Nosotros aquí en nuestro Tumaco tenemos una riqueza musical, simbólica, ritual extraordinaria. Debemos valorarlas y sostenerlas, pero en toda esa experiencia nuestros mayores vivían  un encuentro con Dios. Y fue precisamente esa vivencia la que ha provocado una forma de vida tan sublime esta tierra bendita del Pacífico nariñense, en medio de las contrariedades más absurda, pues si bien tenemos  grandes riquezas,  nuestras comunidades  han tenido que soportar el olvido y abandono, la violencia y marginación que no ha permitido que esta perla, adquiera su valor real. No  encuentro otra explicación para que nuestras comunidades vivan con la fuerza, su esperanza, optimismo y alegria sino por la fe profunda y  sincera  que tienen en su corazon. Que bueno es hermanos también nosotros inspirarnos en ellos y procurar vivir con esas mismas actitudes. No podemos vivir solo una fe ritualista, simbólica, de piedad e individualista,  es necesario mirar el testimonio de nuestro santo patrono y seguir al Señor Jesús. San Andrés, dice el texto,  dejó las redes y camino tras Él. Como no agradecer tambien  a tantas personas que  han sido como san Andres y nos han llevado a Jesùs, tenemos nuestra fe gracias a ellos: sacerdotes, catequeistas, nuestros propios padres, amigos. Ellos fueron testimonio de Dios para nostros porque  vivieron una profunda expereincia de Dios en su corazon y nos animaron a seguir al Señor.

Que ese seguimiento nos trasforme, nos renueve, nos haga romper con el pecado, en todas sus facetas, personales y sociales. Cuantas cosas son para nosotros cristianos  redes que nos atrapan: El orgullo, la indiferencia, la soberbia, la corrupcion, el individualismo. Esas redes nos atrapan y nos agobian. San Andrés nos enseña a escoger lo mejor, la fe, la solidaridad, la honestidad, el trabajo en común, el servicio a los pobres. Solo un encuentro con Dios en el corazón nos permitità seguirlo, amarlo y testimoniarlo.

 

Una fe que mira el horizonte. La palabra  de Dios nos narra que san Andrés jugó un papel fundamental en la comunidad apostòlica.  Es uno de los primeros llamados por el Señor. Siempre aparece entre los cuatros primeros. Es El que le dice a Jesús que alguien tiene  unos panes y unos peces en el milagro de la multiplicaciòn de los panes(Cfr., Jn 6, 8-9), es el que lleva unos griegos  a Jesús (Cfr., Jn 12, 20-26), la tradición  por su parte lo ubica como aquel que llegó a la provincia Acaya, donde convirtió a muchas personas al cristianismo y construyó varias iglesias. Entre los conversos estaba Maximila, la esposa del procónsul Egeas. Cuando el procónsul se enteró, acudió a la ciudad de Patras para ordenar a los cristianos que hicieran sacrificios a los ídolos paganos. Andrés le dijo que no lo harían e intentó convertir al propio Egeas al cristianismo. El procónsul ordenó el encarcelamiento de Andrés y, tras cierto tiempo, lo llamó a su presencia y le amenazó con suplicios y la muerte en la cruz si no hacía sacrificios a los ídolos. Andrés dijo que mientras más se negara más agradaría a Dios y Egeas ordenó que le azotasen veintiún hombres. Posteriormente fue llevado al patíbulo y luego fue desvestido y crucificado en público. Tardó dos días en morir y, durante ese tiempo, predicaba a las miles de personas que se acercaban. Durante ese tiempo, miles de personas protestaron contra Egeas por el trato dado a Andrés. Por ello, Egeas se presentó ante Andrés crucificado y le indultó, pero Andrés negó el indulto. Los guardias de Egeas intentaron desatarle pero al tocar la cruz y las cuerdas quedaban paralizados de pies y manos. Los seguidores de Andrés intentaron lo mismo y también quedaron paralizados. Tras esto, Andrés dijo una oración y, tras esta plegaria, una luz intensa iluminó la cruz durante media hora. Pasado ese tiempo Andrés murió. Maximila se hizo cargo del cuerpo y le dio sepultura. Cuando Egeas regresaba a su casa murió repentinamente. Esa fe   profunda, asendrada en su corazón lo hizo abrir el horizonte. Lo hizo ir más allá, lo hizo ver oportunidades que no parecían existir, cuanto nosotros necesitamos esto,  una  fe que nos ayude a miar con optimismo el futuro: no  se dejen robar la esperanza, nos ha insistido el papa Francisco. Estos dias vivimos en Tumaco un hecho que nos dolió a todos, pues  un sitio emblemático ya no está: El arco del Morro, pero pesnaba yo al verlo, cómo de ese arco, aparace una puerta.  Mientras que el arco nos hace sentirnos limitados, la puerta nos abre el horizonte que nos  permite mirar más allá.

Por esto al celebrar nuestra fiesta debemos pensar en cómo Tumaco puede ser mejor, abrirse a nuevas oportunidades, muchos de nosotros que tenemos una responsabilidad institucional, tenemos   el compromiso de abrir el panorama. Mirar al horizonte con optimismo, quizás algunos, cuando Andrés lleva a Jesús este jóvenes con cinco panes y dos pescados, se burlaron de él,   aquí en Tumaco tenemos más que cinco panes y dos pescados, tenemos una rico patrimonio cultural, grandes riquezas naturales, una riqueza humana maravillosa, una gastronomía fantastica, una tierra productiva, que hoy está sometida al fenómeno de narcotrafico, unos sitios turismos  extraordinarios. Miremos el horizonte con optimismo, con esperanza, tenemos mucho que construir. Hace unos años yo le hice una propuesta señora alcaldesa, le dije que nos convocara y pensáramos en Tumaco 400 años, que nos preguntaramos  cómo quiremos ver a nuestro distrito. Aquí estamos como iglesia para ayudar en esta mirada de futuro, de la mano de nuestro santo patrono.

Una fe que mira a lo alto. Como les decía anteriormente la figura del arco nos impide mirar con más amplitud el horizonte, pero sobre todo  nos impedía mirar hacia lo alto, hacia el cielo. La puerta que quedó nos permite ver hacia el cielo.  Que bella oportunidad que tenemos como católicos al celebrar esta fiesta, y descubrir un Dios que camina con nosotros, con este pueblo creyente y fiel.  La imagen de mirar hacia el cielo nos permite darnos cuenta de nuestra creaturalidad, de nuestro límite y nuestra temporalidad, que nos ayuda a entender que no todo depende de nosotros. Recordemos lo que nos dice el Salmo que escuchamos hoy: El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos (sal 18). Evidenciamos que si bien tenemos la responsabilidad de trabajar con tenacidad, nuestras fuerzas son limitadas, pero la fuerza de Dios es eterna. Recordemos cómo san Andrés deja sus redes, sus seguridades y sigue con total libertad a Jesús. Sus redes eran la certeza de lo humano, el seguimiento es la confianza en lo divino, en quien nos ha llamado: el Hijo de Dios. También sabemos cómo Andrés le lleva unos cuantos panes y peces a Jesús y la fuerza de su oración provoca que lo humano se vuelva milagro.   Este mirar a lo alto no es excusa para quedarnos sin un compromiso temporal. Pero sí nos ayudaría a vivir menos afanados por resultados, metas, objetivos. Es necesario primero dejarnos fortalecer por el Señor, para luego con esa convicción vivir nuestra vida Cristiana con la certeza que no todo depende de nosotros. El evangelio de Juan nos narra que Andrés antes de ir a la misión, primero vivió una experiencia de encuero con Jesús(Cfr., Juan 1, 34). Recordemos lo que nos decía la primera lectura:   “Nadie que cree en él quedará defraudado.» (1 Rom 10, 10). Creo que eso significa mirar hacia el cielo. Comprobar que la historia no es vacía, sin destinos, esta historia está en las manos de Dios. Dios hace historia con nosotros. No nos podemos dejar presionar solo por  resultados, habrán  frutos que verán otros, pero que sin duda debemos iniciar en este momento. Al respecto el papa nos dice que: “Los ciudadanos viven en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del horizonte mayor, de la utopía que nos abre al futuro como causa final que atrae. De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio.

Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Es una invitación a asumir la tensión entre plenitud y límite, otorgando prioridad al tiempo. Uno de los pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es cristalizar los procesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad.[1] Frente al ejercicio de lo político  de nuevo el papa Francisco nos inspira con estas palabras.  “Me permito volver a insistir que «la política no debe someterse a la economía y esta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia». Aunque haya que rechazar el mal uso del poder, la corrupción, la falta de respeto a las leyes y la ineficiencia, «no se puede justificar una economía sin política, que sería incapaz de propiciar otra lógica que rija los diversos aspectos de la crisis actual». Al contrario, «necesitamos una política que piense con visión amplia, y que lleve adelante un replanteo integral, incorporando en un diálogo interdisciplinario los diversos aspectos de la crisis». Pienso en «una sana política, capaz de reformar las instituciones, coordinarlas y dotarlas de mejores prácticas, que permitan superar presiones e inercias viciosas». No se puede pedir esto a la economía, ni se puede aceptar que esta asuma el poder real del Estado.

Ante tantas formas mezquinas e inmediatistas de política, recuerdo que «la grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo. Al poder político le cuesta mucho asumir este deber en un proyecto de nación» y más aún en un proyecto común para la humanidad presente y futura. Pensar en los que vendrán no sirve a los fines electorales, pero es lo que exige una justicia auténtica, porque, como enseñaron los Obispos de Portugal, la tierra «es un préstamo que cada generación recibe y debe transmitir a la generación siguiente».[2]

 

Ese mirar hacia lo alto, nos ayuda a entender que no estamos solos, que tenemos un Padre que nos ama y nos ha hecho sus hijos, y por tanto somos hermanos, y que como hermanos debemos aprender a trabajar juntos.  “El camino hacia la paz no implica homogeneizar la sociedad, pero sí nos permite trabajar juntos. Puede unir a muchos en pos de búsquedas comunes donde todos ganan. Frente a un determinado objetivo común, se podrán aportar diferentes propuestas técnicas, distintas experiencias, y trabajar por el bien común. Es necesario tratar de identificar bien los problemas que atraviesa una sociedad para aceptar que existen diferentes maneras de mirar las dificultades y de resolverlas. El camino hacia una mejor convivencia implica siempre reconocer la posibilidad de que el otro aporte una perspectiva legítima, al menos en parte, algo que pueda ser rescatado, aun cuando se haya equivocado o haya actuado mal. Porque «nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él», promesa que deja siempre un resquicio de esperanza.[3]

Queridos hermanos, cada uno de nosotros, tiene el compromiso de ser testigos del Señor. Cada uno en el servicio  que el Señor nos ha encomendado. En la vida social política, cultura, religiosa comunitaria. Que en  nuestro diario  vivir sirvamos al Señor en nuestros hermanos, que tengamos la capacidad de reconocer los panes y los peces que  tenemos todos y los llevemos al Señor para que el haga milagro de la transformación de nuestros territorios:  de la marginación al desarrollo, de la violencia en la reconciliación, del individualismo al trabajo en común. Si vivimos al ejemplo de san Andrés el Señor Jesús  hará brillar en todo su explendor esta bella perla del Pacífico nariñense que lleva por nombre san Andrés de Tumaco.

 

 

[1] Evangelii Gaudium No. 220-221

[2] Fratelli Tutti No. 177-178

[3] Fratelli Tutti No. 228.